viernes, 9 de septiembre de 2016

LA AROMATERAPIA CURATIVA EN LA ANTIGÜEDAD

 
El origen de la aromaterapia es tan antiguo que parece perdido en el tiempo. Desde los inicios de la historia, las personas se han sentido sanadas,  embriagadas y mistificadas por los poderes de las plantas aromáticas.
 
Aunque la palabra aromaterapia fue inventada en la década de los años veinte por el químico francés René Gattefossé, pero vamos a retroceder mucho más en el tiempo hasta El Principio.
 
Nuestros primeros antepasados vivían en un mundo lleno de peligros; sin embargo estaban mucho más adelantados en el arte de la supervivencia de lo que podríamos imaginarnos muchos de nosotros en el mundo moderno. Contrariamente a la creencia popular, no fue por simple azar o casualidad, que nuestros antepasados distinguieron las plantas comestibles y curativas y de aquellas que eran perjudiciales, venenosas o incluso mortales. Con casi total seguridad disponían de unos poderes sensoriales e intuitivos altamente desarrollados que sólo podemos encontrar en las pocas tribus nativas que siguen viviendo hoy en día.

Es posible que hayas oído historias sobre los cazadores indios de América, por ejemplo, que son capaces de seguir a su presa durante largas distancias utilizando sus sentidos, en especial el sentido del olfato. Incluso son capaces de distinguir el olor de otros seres humanos oliendo el suelo que han pisado. De un modo parecido, nuestros antepasados seleccionaron las plantas útiles a través del olor, la vista y la intuición. Es decir, a través del instinto.

Para disipar otro mito: no hemos perdido totalmente esta capacidad animal de utilizar nuestros sentidos para sobrevivir. Es simplemente un caso de condicionamiento y adaptabilidad. Un sentido del olfato muy desarrollado ya no es vital para nuestra existencia. Sin embargo, cuando las circunstancias son favorables a ello, entonces surge un patrón diferente. En su libro Body Power, Vernon Coleman cita el caso de un prisionero norteamericano que había desarrollado considerables habilidades para la caza. Era capaz de identificar a sus posibles presas por su olor, sus patrones de respiración y el sonido de sus articulaciones cuando andaban. ¡Incluso podía oler un paquete de cigarrillos oculto en el bolsillo de un abrigo a varios metros de distancia!

Además de descubrir las plantas comestibles y medicinales, nuestros antepasados descubrieron algo incluso más interesante: que ciertas plantas aromáticas, cuando eran quemadas en el fuego, producían ciertos estados alterados de conciencia. Se descubrió que algunos aromas hacían que las personas se sintieran somnolientas, mientras que otros las hacían sentirse mejor o incluso eufóricos. Las más preciosas de todas provocaban experiencias místicas o psíquicas. Éstas eran muy valiosas y sólo los sacerdotes o sacerdotisas podían quemarlas durante los ritos mágicos, la adoración de los dioses o para fines curativos.

Puesto que la curación y la religión están relacionadas, el sahumar a las personas enfermas (para conjurar a los espíritus malignos) se convirtió en una de las primeras formas de medicina.

El enebro, por ejemplo, era una planta que se asociaba con la purificación, en especial alrededor de la época simbólica de la muerte y el renacimiento del Sol en el solsticio de invierno.

Incluso después de la desaparición del sacerdocio druídico, los celtas continuaban utilizando enebro para las fumigaciones rituales a fin de extirpar la enfermedad. A propósito, la fumigación con sustancias aromáticas para evitar la propagación de las enfermedades infecciosas sigue utilizándose en ciertas partes del mundo, y hasta hace poco, en los hospitales franceses se quemaba enebro, tomillo y romero para desinfectar las salas.

A otro nivel, el incienso, que se utiliza en las iglesias, tiene la capacidad de profundizar la respiración. La respiración profunda calma la mente y relaja el cuerpo, creando así un estado que induce a la oración y la meditación.

Los antiguos egipcios suelen ser considerados como los verdaderos descubridores de la aromaterapia. Las plantas aromáticas eran utilizadas en la magia y la curación (que incluía diferentes formas de masaje) y para la cosmética y el embalsamamiento. De hecho, las momias bien conservadas de los animales, los faraones y las reinas que se exponen en muchos museos son testimonio de las habilidades de los antiguos embalsamadores egipcios y de los notables poderes preservadores de las esencias de las plantas.

Los jardines botánicos de Egipto eran un deleite para la vista. Se recolectaban muchas plantas raras y hermosas de países lejanos como la India y China. Éstas eran utilizadas para elaborar medicinas, perfumes y ungüentos por los sacerdotes y sacerdotisas egipcios que adquirieron tanta fama por sus habilidades, que los sabios y médicos de todo el mundo antiguo acudían a Egipto para estudiar medicina y los Misterios.

La mayoría de los arqueólogos creen que los egipcios no utilizaban los aceites esenciales como tales (aislados por medio de la destilación) sino que hacían una infusión con las plantas y gomas para convertirlas en aceites y ungüentos. Ello significa colocar el material vegetal en una base de aceite o grasas y dejar la mezcla al sol durante unos días. Después de este tiempo, la base está impregnada por el aroma. Sin embargo, según Jean Valnet, los egipcios utilizaban una forma primitiva de destilación para extraer los aceites esenciales de las plantas. Se vertía agua en grandes ollas de arcilla sobre la planta (normalmente madera de cedro) y los orificios de la olla eran recubiertos con fibras de lana. Las ollas eran calentadas y los aceites esenciales salían con el vapor y quedaban impregnados en la lana. Ésta era estrujada más tarde para obtener el aceite esencial. El aceite de madera de cedro era muy apreciado para el embalsamamiento, la medicina y la perfumería. Asimismo era el perfume más caro y más buscado en todo el mundo antiguo.

Por otra parte, unas ollas de destilación similares se han encontrado en Tepe Gawra, cerca de la antigua Nínive. Se cree que se remontan al año 3500 antes de Jesucristo, lo cual indica que se han subestimado mucho los logros tecnológicos de los habitantes de la antigua Mesopotamia. El descubrimiento de la destilación suele atribuirse a los árabes del siglo XI después de Jesucristo.

Otro método egipcio para extraer los aceites esenciales de las flores era exprimiéndolas. Un bajorrelieve, que en la actualidad se encuentra en el Louvre en París, representa a unas mujeres recolectando lirios en un gran saco de tela, mientras que dos hombres mantienen unos palos atados a los lados del saco. Se iba dando vueltas a los palos, hasta que el saco quedaba muy apretado y el aceite esencial rezumaba de los pétalos.

Montones de sustancias aromáticas como el incienso, la mirra, el enebro y el ciprés eran quemadas en las plazas de las ciudades durante los importantes festivales para purificar el aire y para permitir que el pueblo disfrutara respirando el humo aromático. Un incienso favorito que se quemaba en los templos y en las ceremonias estatales era el kyphi, una sustancia afrodisíaca y pesada, compuesta de hasta dieciséis diferentes ingredientes, entre los que se encontraban el azafrán, la cañafístula, el espicanardo, la canela y el enebro. Esta mezcla se aglutinaba con miel y pasas. Dioscórides decía que era un perfume apreciado por los dioses. El kyphi se quemaba siempre después del ocaso, pues sus efectos eran soporíferos y embriagantes.

En la antigua China, la medicina herbaria era utilizada junto con la acupuntura y el masaje para tratar una miríada de enfermedades. Sin embargo, los chinos también buscaban la inmortalidad a través de la práctica de la alquimia. Los alquimistas quemaban incienso y se lavaban con perfumes especialmente preparados antes de realizar sus experimentos. Creían que el perfume de las plantas contenía poderes mágicos y espíritus de la planta, cuyos poderes los ayudarían a elaborar el elixir de la vida.

Las familias ricas de la antigua China tenían una estancia especial para los partos, denominada la sala de artemisa, donde se quemaba esta planta para atraer a los espíritus afines y conseguir un estado de tranquilidad para madre e hijo. Una de las plantas más apreciadas de la antigua China era la mo-lu-hwa, una especie de jazmín; una sola flor tiene el poder de perfumar toda una habitación.

Los griegos debían gran parte de sus conocimientos médicos y anatómicos a los egipcios. Al igual que en Egipto, las plantas aromáticas constituían literalmente un modo de vida. En los templos, las plazas y durante las ceremonias estatales, se quemaba incienso dulce. Muchos hogares estaban equipados con un altar denominado thyterion en el cual se quemaba incienso para apaciguar a los dioses. Parece que a los griegos no les bastaba con perfumar sus ropas y sus cuerpos, también perfumaban la comida y el vino. Los vinos aromatizados con rosa, violeta e incluso mirra eran considerados por excelencia el néctar para las celebraciones. Sin embargo, tenían un motivo oculto: creían que el perfume, en especial de la rosa, podía calmar los efectos embriagantes del alcohol, ¡lo cual significaba que podían beber más! (De hecho, se sabe que el aceite de rosa tiene un efecto curativo específico sobre el hígado.)

Hipócrates ensalzaba las virtudes de un baño aromático diario y del masaje perfumado para prolongar la vida. De hecho, el masaje con aceites aromáticos se consideraba tan eficaz que se dice que Platón reprochó a Heródito (uno de los maestros de Hipócrates) de prolongar la miserable existencia de los ancianos.

Los romanos invertían grandes sumas de dinero en hierbas aromáticas y en sus delicados baños públicos, una idea que adoptaron de los egipcios. Las familias adineradas pasaban sus días en los baños, recibiendo masajes con aceites aromáticos por parte de los desafortunados esclavos eunucos, cuya única función en la vida era amasar y palmotear a su amo.

Los árabes eran exploradores de cierto renombre. Viajaron por tierra y por mar hasta países lejanos en busca de hierbas aromáticas y artefactos. ¡Incluso se han encontrado monedas árabes en lugares tan lejanos como Rusia, Alemania y Suecia! De sus viajes al Lejano Oriente trajeron muchas hierbas aromáticas potentes entre las que se encontraban el sándalo, la cañafístula, el alcanfor, la nuez moscada, la mirra y los clavos. Estas hierbas aromáticas eran utilizadas tanto en perfumería como en medicina. Los médicos utilizaban las poderosas propiedades germicidas de los aceites esenciales para desinfectar sus cuerpos y sus ropas con una agradable mezcla de sándalo, alcanfor y agua de rosas. Ello no sólo los protegía contra la infección, sino que también servía para crear un ambiente perfumado que alegrara al enfermo. Esta práctica también fue defendida por Hipócrates, el «padre de la medicina», varios siglos antes.

En el siglo XI, el famoso médico, filósofo, matemático y astrónomo árabe Abu Ibn Sina (conocido como Avicena en Occidente) había perfeccionado el arte de la destilación para aislar las esencias volátiles de las plantas. Su método era tan avanzado que el aparato para destilar se alteró muy poco en 900 años. Avicena también utilizaba el masaje, las vendas de extensión (para los miembros fracturados) y una dieta desintoxicante a base de frutas como parte de su régimen curativo.

En el siglo XII, los perfumes de Arabia eran famosos en toda Europa. Los caballeros que participaban en las cruzadas trajeron consigo no sólo exóticos y costosos perfumes, sino también los conocimientos de cómo destilarlos. Los herbolarios medievales contienen referencias al agua de espliego y muchos métodos para utilizar los aceites esenciales, aunque algunos de los moralistas y líderes religiosos consideraban que esta práctica era frívola e incluso inmoral.

Las mujeres de los hogares británicos eran expertas en la preparación de medicinas y pomadas a base de hierbas, para perfumar la ropa y protegerla contra las pulgas y las polillas. Algunas de las casas más adineradas incluso disponían de su propia destilería para extraer los aceites esenciales de las plantas que se utilizaban en medicina y perfumería. Por otra parte, se sabe que los perfumistas (quienes, por supuesto, estaban impregnados por los aceites esenciales) eran inmunes a las plagas.

La conquista de Inglaterra por los normandos trajo consigo, entre muchas otras costumbres, la de sembrar el suelo con plantas aromáticas que liberaban su perfume cuando se las pisaba.

Las propiedades insecticidas y bactericidas de las plantas aromáticas ayudaron a prevenir las enfermedades matando a las bacterias transmitidas por el aire y refrenando a las pulgas y los piojos. Las personas cubrían sus cuerpos y ropas sucias con perfumes y llevaban consigo ramilletes de hierbas aromáticas para evitar las enfermedades infecciosas y disimular el hedor de las calles sucias.

En el siglo XVII, el uso de hierbas y aceites esenciales en medicina experimentó un declive en favor de las nuevas medicinas químicas. Algunas de ellas, en especial el mercurio, demostraron ser terriblemente peligrosas. En su libro Green Pharmacy (La farmacia verde) Barbara Griggs describe algunos de los grotescos efectos secundarios del mercurio que se administraba como cura para la sífilis. Retrospectivamente, parece que habría sido preferible morir de la enfermedad que sufrir las agonías de la muerte causada por un envenenamiento de mercurio.

En el siglo xxx, al igual que en la actualidad, los químicos intentaban eliminar las denominadas impurezas de las plantas a fin de aislar sus «principios activos». Sin embargo, estas «impurezas» son una parte necesaria del todo, porque trabajan en armonía con el principio activo, evitando así los efectos secundarios.
 

 

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