miércoles, 12 de julio de 2017

PELIGRO: LOS TOXICOS DE NUESTROS DIAS


El tabaco, el alcohol, las drogas, el abuso de fármacos, el café y otros excitantes, la contaminación, los aditivos alimentarios... Todo ello somete al hombre de hoy a una constante "invasión de tóxicos" que constituye uno de los mayores enemigos de la salud y el bienestar.

Uno de los más altos precios que el hombre ha pagado (está pagando) a cambio del progreso es la creciente acumulación de elementos tóxicos en su entorno vital.
 
Por una parte, está el deterioro del medio ambiente, tantas veces denunciado por los movimientos ecologistas en los últimos años. Los residuos que nuestra sociedad industrial vierte en la naturaleza vuelven a nosotros en forma de toxinas que respiramos e ingerimos con los alimentos.
 
Por otra parte, el carácter eminentemente comercial de nuestra sociedad lleva a fomentar el consumo de esas mercancías primordiales que son los alimentos y a obtener de ellos el máximo beneficio, sin demasiados escrúpulos por lo que respecta a la salud del consumidor. Una legión de edulcorantes, conservantes, etc., "sobrecontaminan" hoy muchos alimentos, como si no fuera suficiente con la contaminación "accidental" debida al deterioro del medio ambiente. En parte ese mismo consumismo, y en parte la tensión característica de la vida actual, motivan también el paradójico fenómeno de la ingestión deliberada de toxinas:
 
Millones de personas en todo el mundo fuman y beben no a pesar de los efectos intoxicantes del tabaco y el alcohol, sino precisamente por los estímulos o sensaciones que reciben al intoxicarse. Contra los dos primeros frentes del ejército de las toxinas (contaminación y manipulación industrial de los alimentos) podemos hacer bastante.
 
Contra el tercero (autointoxicación deliberada), podemos hacerlo absolutamente todo. Todo depende de uno mismo, y tal vez por eso la batalla sea más difícil.
 
El consumo de sustancias de acción euforizante, tranquilizante o que produzcan cualquier otra alteración en el estado de ánimo, es tan antiguo como la humanidad. El hombre ha fermentado todo tipo de vegetales para obtener bebidas alcohólicas.
 
- Los romanos comían semillas de amapola (de una de cuyas variedades se obtiene el opio) mezcladas con miel.
 
- El café y el tabaco empezaron a difundirse en el siglo XVI hasta invadir el mundo entero.
 
El consumo de estos productos ha experimentado un enorme incremento en las últimas décadas, debido a las mayores posibilidades de difusión, al aumento de la tensión psíquica en los núcleos urbanos y al exacerbado fomento del consumo por parte de una publicidad sin escrúpulos. Algunos de ellos, de una acción nociva muy evidente, crean dependencia y pueden producir, a medio o largo plazo, daños irreparables en el organismo.
 
Gracias a las diversas campañas de antitabaquismo que se han llevado a cabo en diversos países y a la gran difusión de la información sobre el tema, es un hecho de todos conocido que el tabaco es la base de enfermedades tan graves como el cáncer broncopulmonar, el cáncer de lengua y de garganta, el enfisema pulmonar y, sobre todo, diversos trastornos cardiovasculares. Como dice G. Faivre en su obra Tabaco y afecciones cardiovasculares, "la muerte súbita por accidente cardíaco es cuatro veces más frecuente entre los fumadores que entre los no fumadores".
 
Sin necesidad de llegar a extremos tan drásticos (aunque alarmantemente probables en el caso de los fumadores empedernidos) es inevitable que el fumador habitual sufra una serie de trastornos, que al principio se manifiestan como meras molestias, pero que fácilmente pueden agravarse como son: pérdida parcial del olfato y del gusto, irritación del aparato digestivo (gastritis), irritación de la garganta, bronquitis y otras molestias respiratorias.
 
Es un hecho probado que las infecciones broncopulmonares tienen una duración más larga en los fumadores, sobre todo si además toman alcohol. Es frecuente que el consumo de alcohol vaya unido al de tabaco.
 
Según Burton y Wohl, en La alegría de dejar el tabaco, "la principal relación que los une es el hábito", y las razones por las que una persona empieza a beber son muy similares a las que le llevan a fumar. Una combinación alcohol-tabaco muy acentuada (y, por desgracia, nada infrecuente) favorece el cáncer de garganta y de esófago, así como ciertas alteraciones del nervio óptico.
 
El alcohol, por su parte, bebido en exceso, produce una sobrecarga de grasas en el hígado (en última instancia, puede provocar cirrosis hepática), debilidad general, dilatación cardíaca y problemas psíquicos graves. Sin contar los numerosos accidentes de tráfico debido al consumo irresponsable de bebidas alcohólicas.
 
Según la Organización Mundial de la Salud, los alcohólicos "son bebedores desmedidos cuya dependencia al alcohol ha llegado al extremo de que muestran una perturbación mental perceptible o una interferencia clara en su salud física o psíquica, en sus relaciones personales y su desenvolvimiento social y económico".
 
Una forma de dependencia cada vez más difundida es el abuso de psicofármacos tales como tranquilizantes, barbitúricos, anfetaminas, etc. M. y A. Porot, en su libro Las toxicomanías, afirman que "a partir del momento en que la industria química ha puesto en el mercado con gran refuerzo publicitario, hipnóticos sintéticos y tranquilizantes, ha surgido una verdadera toxicomanía de nuevas características"
 
La amplia gama de psicofármacos con que se cuenta en la actualidad permite actuar muy especialmente sobre los estados psicológicos: existen medicamentos contra la ansiedad, el insomnio o las distintas variedades de depresión, que en general, aunque producen trastornos, no causan molestias. Por eso, una vez que el usuario descubre los beneficios aparentes de estos fármacos, es frecuente que tienda a usarlos con demasiada facilidad.
 
El uso excesivo (con frecuencia autoprescrito) y la combi-nación a menudo incorrecta de dos o más psicofármacos, el uso de anfetaminas en tratamientos adelgazantes, o la mezcla de barbitúricos y alcohol, no sólo pueden crear hábito, sino que ponen en grave peligro la salud e incluso la vida de quienes los consumen.
 
Un capítulo muy especial del complejo tema de la autointoxicación lo constituyen las drogas "duras" (las "blandas" son homologables al alcohol y el tabaco y su uso moderado no es más dañino que el de estos últimos).
 
El opio, la morfina, la heroína y sus derivados llevan rápidamente a la adicción, con consecuencias a menudo gravísimas para la salud física y psíquica. Por último, no hay que olvidar que el hombre recurre con mucha facilidad, sin pensar en las posibles consecuencias para su salud, a lo que A. y M. Porot, en la obra antes citada, denominan "pequeñas toxicomanías familiares y anodinas", como puede ser el consumo habitual y elevado de café, té o cacao.
 
La clave de estas "miniadicciones" (que, sin embargo, pueden llegar a ser graves) suele estar en las tensiones y el stress típicos de la vida actual, por lo que la mejor forma de combatirlas es ir directamente a las causas.
 
El ejercicio físico, el deporte, las prácticas de relajación y una dieta equilibrada ayudan a eliminar tensiones y a controlar el cuerpo y la mente, lo que permite enfrentarse a los problemas cotidianos con más energía y seguridad, sin necesidad de recurrir a la falsa ayuda de las autointoxicaciones.

PARA REFLEXIONAR:
 
- Desde hace más de tres siglos, el hábito de fumar constituye una de las toxicomanías más difundidas y perniciosas en todo el mundo. La aparición del cigarrillo, más manejable que la tradicional pipa, contribuyó a la difusión del vicio.

- La extraordinaria densidad que alcanza el tráfico rodado en las grandes ciudades, es una de las principales causas de la contaminación atmosférica, que a su vez constituye una de las más insistentes (y difíciles de evitar) intoxicaciones a las que se ve sometido el hombre de hoy en los países desarrollados.
 
- La contaminación del aire y del agua por los desechos industriales es un claro exponente del alto precio que el hombre esta pagando por un concepto deshumanizado de progreso.
 
- Una forma de intoxicación cada vez más difundida es el abuso de fármacos, sobre todo tranquilizantes y antidepresivos, que a menudo generan autentica dependencia.
 
- El alcohol ocupa el segundo lugar por orden de nocividad, en la clasificación de las drogas adictivas efectuada por la Organización Mundial de la Salud. Tras un aspecto a menudo atractivo, se esconde uno de los peligros más tóxicos de nuestro tiempo.
 
 

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