El baño estimula el sistema nervioso vegetativo de nuestro cuerpo. Las sustancias activas de los componentes vegetales son absorbidas por el organismo a través de la piel y, además, los aromas de las esencias que penetran por la nariz ejercen un efecto curativo sobre nuestros órganos respiratorios.
Los aditivos para el baño son ideales para los que se inician en la fabricación de sus propios productos cosméticos. Hay muchas variedades de mezclas, con o sin esencias. Incluso teniendo poco tiempo para hacerlos en casa, no deberíamos perdernos el placer de fabricárnoslos nosotros mismos. Sólo se necesitan unos cuantos ingredientes, que se encuentran en el comercio.
Ha llovido mucho desde los tiempos en que Cleopatra se bañaba en leche de burra. La proverbial afición de los romanos a las termas se hundió junto con su poderío. Esta cultura del baño sobrevivió en las casas de baño públicas durante la Edad Media, por lo demás tan oscura. Allí la gente no sólo se lavaba con agua y jabón, sino que también disfrutaba de las hierbas olorosas. Este gusto por el baño durante el Medievo tuvo un fin bastante brusco cuando se ex-tendieron las epidemias. Éstas hicieron que el pueblo perdiera radicalmente la afición a los baños y a la higiene corporal, de manera que a lo largo de unos cuantos siglos no se le permitió a la piel entrar en contacto con el líquido limpiador. En Francia incluso se mantuvo largo tiempo la firme convicción de que el agua era perjudicial para la salud. El fuerte olor corporal que desprendían de manera irresistible lo ocultaban los señores distinguidos con los buenos olores procedentes de las plantas.
A finales del siglo pasado los malos olores se convirtieron en algo tabú. El agua y el jabón recobraron su prestigio, y esto fue así hasta después de la segunda guerra mundial. Entonces el cuidado corporal se hizo más caro, la gente se bañaba con más lujo. Los baños de espuma estuvieron muy de moda en los años 60 y 70.
