En Francia, a la que actualmente consideramos la madre del arte del perfume, existían ya en el siglo XIII los gremios de los guanteros y los perfumistas. En el siglo XVI, Catalina de Medici contribuyó al auge de estos gremios. Esto permitió que en Grasse, en el sur de Francia, se establecieran las primeras destilerías de aceites esenciales. Fue el inicio de la eminente industria del perfume de Grasse, conocida hoy en todo el mundo. Todo maestro en el arte de la perfumería, las llamadas "narices", se perfeccionaban allí.
En el siglo XVIII, los perfumistas tuvieron mucho trabajo, pues la nobleza gastaba con profusión sustancias aromáticas. En lugar de lavarse, preferían ocultar con el perfume el olor corporal. El gusto de la época se inclinaba por los olores fuertes, de origen animal, como el almizcle y el ámbar gris.
Las sustancias aromáticas estimulaban la "circulación de los espíritus vitales", según las ideas de entonces. A finales del siglo XVIII cambió el comportamiento higiénico y con él la sensibilidad ante los olores. Se pusieron de moda los olores "naturales", que debían ser suaves y tenues como un prado primaveral. Poetas y filósofos como Rousseau fomentaron esta nueva corriente en sus obras. Y así, después, las damas de posición se perfumaron con violeta, nardo y junquillo. El sentido del olfato, hasta entonces ignorado, se convirtió en un tema importante de los innumerables discursos filosóficos. Reconocían que el olor influía directamente en los sentimientos, a diferencia del sentido de la vista, controlado por el entendimiento.
Este hecho se vio corroborado por las nuevas investigaciones médicas. En Francia y en Inglaterra, durante los siglos XVII y XVIII, las sustancias aromáticas llegaron a tener una importancia en la prevención de las enfermedades que no ha de infravalorarse. Para protegerse de la peste, las personas se proveían de estuches y cojines perfumados y calderos para sahumerios, que podían estar rellenos de una mezcla de ruda, toronjil, mejorana, salvia, romero, azahar, albahaca, tomillo, serpol, espliego, hojas de laurel, así como de cáscara de naranja, de limón y de membrillo.
Este hecho se vio corroborado por las nuevas investigaciones médicas. En Francia y en Inglaterra, durante los siglos XVII y XVIII, las sustancias aromáticas llegaron a tener una importancia en la prevención de las enfermedades que no ha de infravalorarse. Para protegerse de la peste, las personas se proveían de estuches y cojines perfumados y calderos para sahumerios, que podían estar rellenos de una mezcla de ruda, toronjil, mejorana, salvia, romero, azahar, albahaca, tomillo, serpol, espliego, hojas de laurel, así como de cáscara de naranja, de limón y de membrillo.






