Si al maíz, por su calidad nutritiva, comercial e industrial, se le asigna un tercer puesto en la clasificación de los cereales, después del trigo y el arroz, por su antigüedad, teniendo en cuenta los descubrimientos llevados a cabo hace relativamente pocos años, ha de ser considerado el primero de todos los cereales.
En efecto, si bien en las tumbas egipcias de una antigüedad de tres a cinco mil años, se hallaron varias semillas de trigo que al ser sembradas produjeron unas hermosísimas espigas, demostrando que con el paso de los años no habían perdido nada de su poder reproductor, en América se han encontrado granos y polen de maíz en terrenos sedimentados que datan de unos sesenta mil años atrás.
También en las cuevas de Bat y Tulano, de Estados Unidos, y en la Gruta de la Perra, en México, se han hallado variedades de maíz semejantes a las plantas actuales de este cereal, cuya existencia, empleando el método del carbono radioactivo, ha podido calcularse en más de cinco mil años, o sea mucho antes de haber sido cultivado por la mano del hombre. Se han descubierto residuos fosilizados de maíz en casi todo el continente americano, desde Canadá a Chile, pasando naturalmente por México, Ecuador, el alto Paraguay y Guatemala, lo que habla muy en favor de la tremenda fuerza reproductora espontánea de este cereal, así como de su poder de aclimatación, aunque al parecer (a menos que algún día se lleve a cabo un descubrimiento que demuestre lo contrario), este cereal no creció espontáneamente ni en Europa ni en Asia, al revés del trigo.











