La palabra chakra proviene del sánscrito y significa «rueda» o «disco». Descrito como un remolino que gira, éste es un punto de intersección donde se encuentran la mente y el cuerpo. También han recibido el nombre de lotos, recurriendo así al modo de los pétalos que se abren, con el que se describe metafóricamente la apertura de un chakra.
Estas flores tienen carácter sagrado en la India. Como brotan del barro, simbolizan el camino de la evolución que recorre el ser, primitivo al principio, hasta el pleno florecimiento de su conciencia: lo que refleja el camino desde el chakra base, arraigado en la Tierra, hasta el «loto de mil pétalos» de la corona.
Como el loto, los chakras tienen «pétalos», cuyo número varía de unos a otros. Al igual que las flores, pueden estar cerrados o abiertos, marchitos o apuntando la floración, según el estado de la conciencia que contienen.
Estos centros son puertas de acceso entre distintas dimensiones; en ellos la actividad de una determinada dimensión, pongamos por caso la emotiva, conecta con otra e interacciona con ella, como puede ser el cuerpo físico. Esta interacción, a su vez, matiza nuestras actividades en el mundo exterior y nuestras relaciones con los demás.
Tomemos por ejemplo la experiencia emocional del miedo, que afecta de diferentes maneras a nuestro organismo. Notamos un hormigueo en el estómago, se acelera la respiración, la voz y las manos tiemblan. Tales síntomas revelan nuestra falta de seguridad para enfrentarnos al mundo y entonces somos tratados por los demás de forma negativa, con lo que el miedo se acentúa. Ni siquiera es necesario que derive de ninguna circunstancia real y presente, sino que puede ser un residuo de la infancia que, encerrado todavía en el chakra, determina nuestro comportamiento. Por esta razón, cultivar los chakras es sanarnos a nosotros mismos, liberándonos de viejas pautas restrictivas alojadas en el cuerpo o en la mente, o de comportamientos consolidados.
